Estrofa 8va Canto primero de Los Cantos de Maldoror de Isidore Ducasse [Conde de Lautréamont]

(8) Bajo el claro de luna, cerca de la mar o en los lugares más recónditos del campo, cuando se está sumido en amargas reflexiones se ven todas las cosas revestirse de formas amarillas, indecisas y fantásticas. La sombra de los árboles, de prisa, algunas veces y otras, lentamente, corre, viene, vuelve, cobra múltiples contornos, se aplasta y se abraza con la tierra. Cuándo aún era llevado por las alas de la juventud, aquello me hacía soñar, me parecía extraño; ahora, estoy habituado. Gime el viento, con sus notas lánguidas, a través de las hojas, canta el búho su grave endecha, que eriza los cabellos de todo el que la escucha y, entonces, los perros enfurecen, rompen sus cadenas y escapan de las granjas, arrebatados de locura, y se echan a correr por esos campos. De pronto se detiene, miran en todas direcciones, ariscos, inquietos, los ojos como brasas, y al igual que a los elefantes antes de morir en el desierto, lanzan al cielo, con desesperación, una última mirada, erguida la trompa e inertes las orejas, del mismo modo los perros dejan caer las suyas, levantan la cabeza, hinchan el cuello terrible y, como un niño que grita de hambre, o como un gato con el vientre abierto en el tejado, o como una mujer que va a parir, o como un moribundo, atenazado por la peste en un hospital, o como una jovencita que entona un aire sublime, comienzan a ladrar, uno tras otro, a las estrellas del Norte, y a las estrellas del Este, a las estrellas del Sur y del Oeste, a la luna y las montañas, que en lontananza semejan peñascos gigantescos que yacieran en lo oscuro, al aire frío, que inunda sus pulmones y vuelve rojo y ardiente el interior de sus narinas, al silencio de la noche, a las lechuzas, cuyo vuelo oblicuo, portador de una rata o de una rana, alimento vivo y dulce para sus polluelos, les roza el hocico, a las liebres, que en un  abrir y cerrar de ojos ya se han escabullido, al ladrón que huye al galope después de haber cometido un crimen, a las víboras, que hacen mover los brezos, temblar la piel y rechinar los dientes, a sus propios aullidos, que los llenan de pavor, a los sapos, triturados de un golpe seco de mandíbula ( ¿por qué se alejarían de la ciénaga?), a los árboles, cuyas hojas, mecidas suavemente, son otros tantos misterios que no comprenden pero quisieran penetrar, con sus ojos fijos e inteligentes, a las arañas, balanceándose con sus largas patas y que ascienden a los árboles para salvarse, a los cuervos, que durante todo el día no han encontrado nada qué comer y retornasen a sus nidos con las alas fatigadas, a las rocas de la orilla, a los fuegos que se encienden en los mástiles de navíos invisibles, al ruido sordo de las olas, a los grandes peces, que hunden su negro dorso antes de hundirse en el abismo, contra el hombre, que los convierte en esclavos. Luego, de nuevo se echan a correr, saltando, con sus patas sangrantes, por encima de las zanjas, de los caminos, los eriales, de las hierbas, de las piedras afiladas. Se los creería afectados por la rabia, que buscan un estanque donde saciar su sed. Sus prolongados aullidos horrorizan a la naturaleza. ¡Ay del caminante rezagado! Los amigos de los cementerios se arrojarán  sobre él, lo harán pedazos y lo devorarán, mientras la sangre chorrea entre sus dientes, pues no los tienen estropeados. Los animales salvajes no osan aproximarse y tomar parte en el festín, sino que huyen, temblorosos, hasta perderse de vista. Por fin, al cabo de unas horas, derrengados de correr aquí y allá, la lengua afuera y casi muertos, se arrojan unos sobre otros, sin saber ni lo que hacen, y, con increíble rapidez, se arrancan el pellejo en mil jirones. Pero no es por crueldad que obran así. Cierto día, con los ojos vidriosos, mi madre me había dicho: “Cuando estés en la cama y oigas los ladridos de los perros en el campo, cúbrete con la manta y no te burles de ellos, porque tienen una sed inapagable de infinito: como tú, como yo y como el resto de los humanos, de rostro pálido y alargado. Te permito incluso asomarte a la ventana y contemplar ese espectáculo, que tiene mucho de sublime”. Desde entonces, he respetado el deseo de la muerta. También yo, como los perros, padezco necesidad del infinito… ¡Y no puedo, no la puedo contentar! Según me han dicho, soy hijo del hombre y la mujer. Y eso me asombra… ¡Creía ser algo más! pero, después de todo,¿qué me importa de dónde vengo? Si de mi voluntad dependiese, habría querido, más bien, ser hijo de la hembra del tiburón, cuya hambre es amiga de la tempestad, del tigre, de crueldad reconocida. Así no sería tan malvado. Vosotros que me miráis, alejaos de mí, porque mi aliento exhala un soplo deletéreo. Nadie ha visto todavía las verdes arrugas de mi frente, ni los huesos prominentes de mi rostro demacrado, parecidos a las espinas de un gran pez o a los peñascos que embozan la ribera de la mar o a las abruptas montañas de los Alpes que solía recorrer cuando mi cabello lucía otro color. Ahora, cuando en las noches de tormenta merodeo por las viviendas de los hombres, con los ojos abrasados y el viento tempestuoso azotando mi melena, aislado como una piedra en medio del camino, oculto mi rostro marchito tras un retazo de terciopelo, negro como el hollín que reviste el interior de las chimeneas: no hace falta que los ojos sean testigos de la fealdad que el Ser supremo, con una sonrisa de odio poderoso, ha arrojado sobre mí. Cada mañana, cuando el sol se levanta para los demás, esparciendo por la naturaleza la alegría y el saludable calor,  agazapado en el fondo de mi caverna amada, con la vista perdida en el espacio colmado de tinieblas y en la desesperanza que me embriaga más que el vino, con mis nervudas manos arranco jirones de mi pecho sin que uno sólo de mis rasgos se altere. Sin embargo, ¡siento que no soy el único que sufre! Sin embargo, ¡siento que respiro! Como un condenado que ejercita sus músculos y reflexiona sobre su suerte, pues pronto ha de subir hasta el cadalso, con los ojos cerrados y de pie sobre mi lecho de paja, hago girar el cuello lentamente, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, y así durante horas enteras, sin desplomarme agarrotado. Cuando ya mi cuello no puede continuar girando en un mismo sentido y se detiene un momento para iniciar la rotación en el opuesto, miro súbitamente el horizonte a través de los escasos intersticios que dejan los espesos matorrales de la entrada y ¡no veo nada!…Nada… a no ser las campiñas, danzando en remolino con los árboles, y las hileras de pájaros que atraviesan los aires. Eso me turba la sangre y el cerebro… ¿Quién, pues, me golpea en la cabeza con una barra de hierro, como un martillo que machacara el yunque?

 

 

 

 

Esta edición de Isidore Ducasse fue tomada de la edición Gredos cuya traducción estuvo a cargo de Carlos R. Méndez. 2004.

 

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