(Aforismo 376.- De los amigos; “Humano, demasiado humano”. Friedrich Nietzsche.)

Considera tan sólo una vez en ti mismo cuán diversos son los sentimientos, cuán varias las opiniones, aún entre tus amistades más íntimas; incluso cuántas opiniones semejantes tienen en la mente de tus amigos una orientación  o una fuerza muy otra a la tuya; cuántas miles de veces se presenta la ocasión de entenderse mal, de separarse recíprocamente enemistados. Después de todo esto, te dirás: “¡Qué poco seguro es el terreno sobre el que reposan todas nuestras relaciones y amistades, qué cerca están los fríos chaparrones y el mal tiempo, qué aislado está todo hombre!” Cuando alguien se da cuenta de esto y, además, de que todas las opiniones, tanto su fuerza como su especie, son entre los contemporáneos tan necesarias e irremplazables como sus  acciones, se adquiere penetración para ver esta necesidad íntima de las opiniones surgir de la intrincada red que forman el carácter, la ocupación, el talento y el medio ambiente; tal vez pierda pronto la amargura y la aspereza de sentimiento con que aquel sabio escribía: “¡Amigos, no hay amigos!”[1] Se hará más bien esta confesión: “Sí, hay amigos, pero es el error, la ilusión lo que les lleva a ti; y les fue preciso aprender a callarse, para quedar amigos; pues casi siempre tales relaciones humanas se basan en que jamás se dirán ciertas cosas, incluso en que no se rozarán nunca; sin embargo, estas piedras se echan a rodar, la amistad las sigue detrás y se rompe. ¿Habrá hombres incapaces de sentirse mortalmente heridos, si supiesen lo que sus amigos más fieles piensan de ellos en el fondo? Cuando aprendemos a conocernos a nosotros mismos, a considerar nuestro ser mismo como una esfera móvil de opiniones y de tendencias, y, por tanto, a menospreciarlo un poco, nos ponemos a nuestra vez en la balanza con los demás. Es cierto que tenemos buenas razones para estimar poco a cada uno de los que conocemos, aunque fuesen los más grandes; pero también las tenemos para volver este sentimiento contra nosotros mismos. Así, pues, soportemos unos de otros lo que soportamos de nosotros mismos; tal vez a cada uno le llegará un día la hora más feliz en que exclame:

 

“¡Amigos, no hay amigos!”- exclamó el sabio al morir.

“¡Enemigos, no hay enemigos!”- exclamo yo, el necio viviente.

 

 

 

Tomado de laedicón edaf. Traducción de Carlos Vergara.


[1] Aristóteles.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s