El Poeta de Vicente Aleixandre

 

El Poeta

 

::::Para ti, que conoces cómo la piedra canta,

y cuya delicada pupila sabe ya del peso de una

::::montaña sobre un ojo dulce,

y cómo el resonante clamor de los bosques

::::aduerme suave un día en nuestras venas;

 

::::para ti, poeta, que sentiste en tu aliento

la embestida brutal de las aves celestes,

y en cuyas palabras tan pronto vuelan las poderosas

::::alas de las águilas

como se ve brillar el lomo de los calientes peces sin

::::sonido:

oye este libro que a tus manos envío

con ademán de selva,

pero donde de repente  una gota fresquísima de rocío

::::brilla sobre una rosa,

o se ve batir el deseo del mundo,

la tristeza que como párpado doloroso

cierra el poniente y oculta el sol como una lágrima

::::oscurecida,

mientras la inmensa frente fatigada

siente un beso sin luz, un beso largo,

unas palabras mudas que habla el mundo finando.

 

Si, poeta: el amor y el dolor son tu reino.

Carne mortal la tuya, que, arrebatada por el espíritu,

Arde en la noche o se eleva en el mediodía poderoso,

inmensa lengua profética que lamiendo los cielos

ilumina palabras que dan muerte a los hombres.

 

La juventud de tu corazón no es una playa

donde la mar embiste con sus espumas rotas,

dientes de amor que mordiendo los bordes de la

::::tierra,

braman dulce a los seres.

 

::::No es ese rayo velador que súbitamente te amenaza,

iluminando un instante tu frente desnuda,

para hundirse en tus ojos e incendiarte, abrasando

los espacios con tu vida que de amor se consume.

 

::::No. Esa luz que en el mundo

no es ceniza última,

luz que nunca se abate como polvo en los labios,

eres tú, poeta, cuya mano y no luna

yo vi en los cielos una noche brillando.

 

::::Un pecho robusto que reposa atravesado por el mar

respira como la inmensa marea celeste,

y abre sus brazos yacentes y toca, acaricia

los extremos límites de la tierra.

 

¿Entonces?

Sí, poeta; arroja este libro que pretende encerrar

::::en sus páginas un destello de sol,

y mira a la luz cara a cara, apoyada la cabeza en

::::la roca,

mientras tus pies romotísimos sienten el beso postrero

::::del poniente

y tus manos alzadas tocan dulce la luna,

y tu cabellera colgante deja estela en los astros.

 

 

de Presencias. Seix Barral, Barcelona. 1965. Primera edición.

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