Espejos, memoria de fragilidad perfecta por Jorge Patiño Sarcinelli

Espejos, memoria de fragilidad perfecta

 

Las casi treinta letras del alfabeto castellano ofrecen infinitas posibilidades; más palabras de las que usamos con algún sentido, muchas más que las clasificadas en el diccionario. Los caprichos de la historia y la onomatopeya han escogido apenas algunas miles para el uso corriente y para el literario, y muy rara vez nos hace falta tener otras. En el espacio de todas las palabras posibles, las que tienen sentido acordado son como estrellas sueltas en un cielo negro.

 

En medio de tal dispersión, que dos palabras se asemejen es, y más aún si sus significados son opuestos, como un azaroso encuentro en el desierto. Y no hay pocas de esas coincidencias: “cima y sima”, “seco y suco”, “clamo y calmo”, “lleno y llano”, “cielo y suelo” y otras que ahora la memoria niega. Según la lingüística, aparentes coincidencias como éstas tienen frecuentemente su origen en una palabra que designaba un concepto general, y que con el tiempo y el uso se diferenció en dos opuestos. Una palabra que significaba sensación térmica, por ejemplo, dio lugar a sus extremos frío y caliente (invierno e infierno); grado de humedad a seco y mojado (suco), etc.

Esa es una idea extraordinaria, sin se piensa bien, la de que el significado de algunas palabras no sea más que un extremo de algo, un punto final en una línea. A su vez, esta idea llama a otra: que para entender un concepto es necesario encontrar toda aquella línea y, por tanto, su extremo opuesto. O, finalmente, que nada es sin su contrario. Viejas ideas, es verdad, pero que adquieren nuevo brillo a la luz de la lingüística.

 

La más hermosa de aquellas coincidencias es la de “especular” (pensar) y “especular” (relativo al espejo), confirmada por “reflexión” (pensamiento) y “reflexión” (de reflejar), lo que hace sospechar de alguna relación entre espejos y mentes. Desde luego, si hubiera alguna más allá de la obvia –ambos producen imágenes- no tiene que ser la de opuestos. Palabras similares fonéticamente pueden tener sentidos opuestos, ser el mismo extremo (duro y rudo) o no tener ninguna relación (cópula y cúpula).

 

Un espejo es cosa extraordinaria; una de las pocas cosas que lo es con toda naturalidad. Un espejo duplica al mundo en cada reflexión; un trozo de vidrio cualquiera lo hace sin ningún esfuerzo, basta que tenga el dorso plateado. Y lo hace sin agotarse; por el mismo espejo han pasado vanidosas reinas medievales  y turistas ociosos. El vidrio responde indiferente e inmutable; el mundo gira y decae, el espejo duplica; reproduce y se reproduce: si se rompe en mil, son mil las imágenes.

 

El espejo aparece bajo las formas más diversas, desde los crueles espejismos hasta la bella fatamorgana de los aires fríos. Narciso no conocía los espejos de vidrio ni tenía una mente que lo salve del equívoco. Espejos como el suyo se quiebran todos los días sin provocar mala suerte, pero no pueden ser entregados por conquistadores ávidos a incautos aborígenes, quienes se ven en el agua sin asombrarse tanto ni enamorarse de su propia imagen, Drácula no la tiene y Pavese “pasa la tarde ante un espejo para hacerse compañía”.

 

Bajo la luz el espejo copia pero crea –hay cosas que existen en él solamente- por ejemplo una mano derecha mía con la cicatriz que tengo en la izquierda; no hay una sola igual en el mundo a este lado del vidrio. El espejo cambia la derecha por la izquierda ( y arriba por abajo), y la mente tiene que darse el trabajo de deshacer y hacernos imperceptible una igual travesura de la retina, el lóbulo izquierdo es quien comanda al lado derecho del cuerpo. Pero es de la mente especular y no reflejar.

 

La mente es misterio oscuro y el espejo es luz y es copia fiel (aunque invertida) de la realidad. El espejo (si es plano) es riguroso, preciso e irrelevante, mientras que la mente es ondulada y tortuosa, para alcanzar el rigor se desdobla, debe a la precisión siempre una gota de intuición y, a pesar de todas las lagunas, es nuestro trascendental reloj. El espejo todo lo olvida con perfección; basta que se apague la luz para que el gato y el gesto que vivían seguros en el vidrio, desaparezcan. La mente, la gran cachivachera, lo guarda todo: poesía y armonía (cosas que el espejo no puede reflejar), lugares y pesares, y también imágenes de antiguos espejos; que en la memoria decaen.

 

Y si es verdad que la mente es lo contrario del espejo, queda ahora por descubrir, especular o inventar el largo concepto antiguo que un día los unía. Qué cosa era aquélla que era a la vez espejo y mente, que reflejaba y guardaba, que era fiel pero imaginaba, llena de luz y misteriosa, eterna y decadente. ¿Qué idea pudo ser aquélla tan transparente y tan humana; quién ella?

 

 

del poemario El dilema del Campanero. Editorial del Hombrecito sentado, Bolivia. 1995.

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