Ejercicio de Bienvenida

“Para construir mecánicamente el meollo de un cuento soporífero, no basta con disecar estupideces y embrutecer a fondo con dosis repetidas la inteligencia del lector, de modo tal que se llegue a paralizar sus facultades por el resto de sus días, como consecuencia de la ley infalible de la fatiga; es necesario, además, mediante un excelente fluido magnético, colocado hábilmente en una condición de sonambulismo en la que es imposible moverse, forzándolo a ofuscar sus ojos, contra su naturaleza, por la fijeza de los vuestros. Quiero decir, no para hacerme comprender mejor, sino tan sólo para desarrollar mi pensamiento que interesa e irrita a la vez por una armonía de las más penetrantes, que no creo en la necesidad, para alcanzar el objetivo propuesto, de inventar una poesía completamente al margen del proceso ordinario de la naturaleza, y cuyo hálito pernicioso parece subvertir hasta las verdades absolutas; pero lograr tal resultado (conforme, por lo demás, con las reglas de la estética, si uno lo piensa bien), no es tan fácil como se cree: esto es lo que quería dar a entender. ¡Por eso haré todos los esfuerzos para logrado! Si la muerte pone término a la fantástica emanación de los dos largos brazos que pertenecen a mis hombros, utilizados en el lúgubre aplastamiento de mi escayola literaria, quiero al menos que el enlutado lector pueda decir: “Hay que hacerle justicia. Me ha cretinizado en grado sumo. ¡Qué no habría hecho de haber vivido más tiempo! Es el mejor profesor de hipnotismo que conozco.” Grabarán estas pocas palabras conmovedoras en el mármol de mi tumba, y mis manes quedarán satisfechos. Continúo.”*

 

 

 

 

Si uno cree demasiado termina por convertir toda su realidad en función de su imaginación cuya naturaleza no es la de la mente en armónica relación con el cuerpo. La dificultad que se presenta a la hora de trabajar en las composiciones, es que se diluyen completamente los lazos que unen su mente con el cuerpo y éste queda supeditado completamente al influjo corrosivo de aquella. Buscando por todos lados, en sus reflexiones, que iluminan cada rincón de la memoria, querría encontrar y tomar un bien, constituido de acuerdo a la lógica de las formas y la moral de su época. Pero pronto comprende que la vida mental de las personas es finita como la carcasa que habitan. Sin embargo, intuye que puede haber un más. Un otro, los otros del futuro, semillas de su propia estirpe, la fluencia de su descendencia y ascendencia en la vida y en la muerte. No vivirá mucho su rostro mortificado. Y sabe que debe ajustarse a determinadas disciplinas en relación a su labor social, su empleo, su familia, su conducta moral.  El hombre debe encontrar su centro. Su estabilidad en el mundo. Buscar los acordes precisos y preciosos para cantar la armonía universal. Debe agotarse en el esfuerzo siempre diario, constante, antes de desprenderse de la envoltura falible que le cobijó en su paso por el mundo. Debe buscar siempre el bien. Para su familia, para sí mismo y así para con sus congéneres quienes son una extensión de su familia y tributar a la divinidad las gracias de su oficio. El hombre honra lo divino con su trabajo. Y todos pagan el precio de sus arbitrariedades.

 

Se paseaba por su pequeña habitación, como la esperanza de lo eterno, con un traje de hombre rana. No era una extrañeza para quienes le conocían, y veían en ello, una curiosa puesta en escena, ya que, cuando no era de hombre rana, era de tortuga, o, las más de las veces, caracol. Cuando ello no era así y se hallaba en la más extrema soledad, se desnudaba del cuello a la cintura, ocupando en su rostro unos anteojos de marco metálico de un diseño al más puro estilo rey del rock. Pero todo ello no era lo extraño. Lo más extraño en su habitual conducta de poseso, era que, cada vez que le asaltaba una gran pena -que las tenía muchas- era el hecho de que tomaba una pinza, de esas que utilizan las chicas para afinar sus cejas – se la había robado a su hermana- se iba frente al espejo oval y, con su mano derecha, levantado el brazo izquierdo de manera que su sobaco quedara expuesto, se arrancaba con la brutalidad y rapidez de un rayo, un pelo, cuidadosamente designado por su sabia e inexorable intuición. Una vez realizada la operación, se rascaba la espalda con una aspiradora y luego de tomar un café bien cargado se iba al patio trasero a contemplar a los gatos que en la medida en que avanzaba la noche, les veía trasformarse en pequeños energúmenos fluorescentes. Esperaba que se acercaran para tomarlos por sorpresa, ya que estaba convencido de que le robaban sus pastillas.

 

 

 

*(frag. estrofa VIII, C. 6to. I. D.)

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